PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LOS MILLENNIALS DE BARRIO - POR CUATRO PERRAS
POR CUATRO PERRAS - Due spicci (2026), creada por Zerocalcare
"Y a dónde vas, a dónde vas ahora que ya no te reconoces. Hay alguien en el espejo, pero ya no eres tú”. Toda una declaración de intenciones y de tono desde la mismísima canción de cabecera de Por cuatro perras, con la que el creador italiano Zerocalcare cierra su tríptico "autobiográfico" iniciado con Cortar por la línea de puntos (2021) y continuado por Este mundo no me hará mala persona (2023). Pese a su concepción -y distribución- como miniseries independientes, se puede afirmar con total convicción que en realidad conforman tres temporadas de una única serie, no sólo por la evidente continuidad tonal, estilística y (cómo no) de sus personajes, sino también, y esto es lo realmente importante, por su progresión narrativa, temática y moral.
Y aunque todo el mundo dirá lo mismo al respecto, porque es obvio, no por ello es menos cierto: este tríptico es, esencialmente y en primera instancia, un relato generacional, con el que nos sentiremos identificados todos ellos que rozamos o ya hemos sobrepasado los cuarenta años y hemos crecido en los barrios de toda la vida. Los "millennial di periferia", como los mismos personajes se autodescriben, y como también describieron, en su versión más cruda -respecto a generaciones anteriores, pero con el mismo espíritu- The Offspring en The kids aren't alright o Ska-P en Mis colegas. Y ya no sólo por la música -la propia de dicha generación, más algún que otro clásico atemporal- o las referencias de cultura pop, sino también, y sobre todo, por captar tan bien el sentir de unos tiempos.
El dibujante romano -que no sólo escribe y dirige todos los episodios, sino que pone voz a todos y cada uno de personajes salvo al Armadillo, voz interior del protagonista, a su vez autoparodia del propio autor- continúa con su tono satírico, burlón, irreverente, sarcástico, autorreflexivo y autorreferencial, con la fauna animada como gran seña de identidad. Y el progresivo tránsito de la comedia al drama, pese a lo "informal" de los mimbres, da en esta tercera y última entrega su vuelta de tuerca definitiva.
Si el segundo volumen advertía -sobre la base de unos hechos reales- del auge de la extrema derecha política y su peligrosa capacidad de captación de todos aquellos que, por las causas que sean, se sienten o han sentido totalmente perdidos en la vida, sin propósito, en esta tercera entrega el relato entra de lleno en el género criminal, pues los barrios de la periferia romana no son ajenos al crimen organizado, como se puede entender con una brevísima ojeada a la producción audiovisual reciente del país transalpino. Y de paso, por si fuese poco, arcos de violencia de género, relaciones tóxicas, precariedad, etc. Pero, así y todo, no es todo esto lo que más tiñe la narración de drama, desasosiego y angustia.
Todos esos "¿Qué hubiese pasado si…?", toda esa introspección sobre los propios fracasos, las malas decisiones, todos esos sueños no cumplidos, toda esa nostalgia de doble filo sobre unos tiempos que nunca volverán… adquieren otra dimensión de crudeza una vez cruzado el umbral de los cuarenta, el Rubicón definitivo. Y especial atención -sobre todo a través del personaje de Montini, de gradual relevancia en la trama principal- a la profunda mella que esos traumas y malos tragos de la adolescencia deja en la vida adulta, de difícil reversión.
Pero el descenso definitivo a los propios infiernos, la quintaesencia de la ansiedad que ha marcado el cierre de esta trilogía, llega en las "carnes" del propio protagonista, alter ego homónimo del autor. Su ejercicio de introspección sobre la soledad y sobre su incapacidad de tejer lazos afectivos convierten a Por cuatro perras en el reverso, tan socarrón como sórdido, de Del revés. "Non ti riconosci piú", decía al principio, pero quizás porque conocerse y reconocer en uno mismo ciertos patrones psicológicos -y sus inevitables consecuencias - es todavía peor.


