DESCARRILAR DE CAMINO AL OLIMPO - Adiós a EUPHORIA

DESCARRILAR DE CAMINO AL OLIMPO - Adiós a EUPHORIA

EUPHORIA (2019-2026), creada por Sam Levinson: series finale

[AVISO: EL TEXTO CONTIENE SPOILERS]

A propósito del inicio de su segunda temporada, la que se presumía la de su consolidación -y se puede afirmar sin miedo que, a grandes rasgos, así fue– comencé mi reflexión con la definición del concepto mismo de "euforia": "estado de ánimo extremadamente optimista, que se manifiesta como una alegría intensa, no adecuada a la realidad", o yendo más allá, "extrema felicidad, a veces más de la que es razonable en una situación particular", "un sentimiento de extrema felicidad o confianza". Dudo mucho que el señor Levinson haya leído aquel o cualquiera de los textos que he dedicado a su criatura, pero viendo lo que nos ha deparado su tercera y última temporada, parece como si se hubiese tomado al pie de la letra cualquiera de esas definiciones, incluso mimetizándose con el tono y el espíritu (si es que seguía siendo el mismo) de la propia serie.

Como también apuntaba a principios de esta misma temporada, no es sencillo dar continuidad a largo plazo a una serie de adolescentes. El factótum de su creador, que firmó en solitario (sólo con una salvedad, excelente, a cuatro manos) los guiones de todos y cada uno de los 26 episodios de Euphoria y dirigió todos ellos a excepción de tres -y los tres en la primera temporada- decidió tirar por el camino menos fácil y matricular a sus personajes en la "universidad de la vida", en el sentido más arduo -hasta "euforístico", diría yo- del término, llevándolos por con la que estos jóvenes ha continuado por los derroteros de la farsa y la tragedia, hasta extremos incluso impredecibles.

Hasta ahí todo bien. Al fin y al cabo es su producto y él más que nadie sabe cómo lo tenía concebido y por dónde quería llevarlo. Pero como espectador -y uno bastante intensito, como podréis notar-, no puedo evitar sentirme engañado, defraudado, puede que hasta un poco traicionado. El director estadounidense ha sacado provecho su gran marca personal, de la creación que le ha dado una gran relevancia, para colarnos un cuelgue que, en esencia, poco tiene que ver, más allá del mantenimiento de la propuesta estética y de las mínimas conexiones temáticas y narrativas para que eso se sostenga, con aquella serie importada de Israel que dio a tantos espectadores que hablar antes, durante (sí, durante) y en los primeros años d.C. (después del Covid).

La sensación de estar ante una serie distinta

No logré en ningún momento, a lo largo de estos ocho capítulos finales, percibir una verdadera continuidad lógica con todo lo que habíamos visto hasta ahora. Únicamente por la epidemia del fentanilo, cuyo uso, por otra parte, se redujo en realidad a un elemento puramente funcional en el plano de la cohesión, narrativa y temática. Mientras tanto, dos de los grandes vectores que caracterizaron a Euphoria de una manera tan marcada -en lo estético y en lo narrativo-, el sexo y la violencia, "involucionan" en un festival de sobradez visual y verbal de un director en puro frenesí, quien diría si hasta bajo los efectos de esas mismas sustancias que ha hecho consumir a sus personajes en la ficción.

En cuanto a lo sexual, mis peores temores de han cumplido. Como si de un John Waters puesto de speed de tratase, o unos estudiantes de cine onanistas jugasen a imitar a Russ Meyer con bastante presupuesto, Levinson se dejó llevar por todo lo que ha crecido en estos años Sydney Sweeney como mito erótico y lo ha explotado hasta un punto mucho más desatado de lo que ya se vio en la bochornosa The idol. Por lo que respecta a la violencia, en sólo un salto de temporada el creador ha convertido un relato adolescente contemporáneo en un amago de neo-western sobre narcotráfico mucho más cercano a Los pecadores (sí, en el peor sentido que os podáis imaginar) que a Breaking bad, con unas pretensiones tarantinianas que se le salen bastante de madre, precisamente por querer ser lo que no es ni nunca será.

Mientras tanto, lo más importante en esta y en cualquier otra serie, los personajes, tan llenos de vida, frescura y potencial en la temporada inicial, han terminado de desinflarse del todo. Nunca repetiré lo suficiente lo desaprovechado que ha quedado el personaje de Jules (Hunter Schafer), tan bien construido en sus inicios -con su culmen particular en uno de los especiales de entretiempo-, ya bastante dejada de lado en la segunda temporada y que en esta hornada final ha quedado relegada a un segundísimo plano, reducida prácticamente a un meme, a un cliché, algo muy decepcionante, por mucho que su devenir ya viniese largamente anticipado.

También me ha sabido bastante a poco el peso que le han dado a Lexi (Maude Apatow), la gran revelación de la temporada anterior, pero al menos le han dado el sitio que merecía, como voz de la razón y la cordura -incluso reconfortante- en un entorno desbordado de sordidez, impulsividad y "desnortamiento" generalizado. Y aún menos mal que le dieron una buena despedida a Fezco -a la par que tributo al actor que le dio vida, el malogrado Angus Cloud-, metraje reciclado mediante… Esta es la gran espina que me queda por esta serie, el no haber visto avanzar a la extraña pareja que conformaron estos dos en la pasada temporada y que tantísimo potencial parecía encerrar.

Todas estas ausencias y abandonos no las compensa ni de lejos ni el sobreactuado Álamo (Adewale Akinnuoye-Agbaje) -claro antagonista de esta recta final-, ni el enigmático Bishop (Darrell Britt-Gibson), ni la presencia testimonial de Sharon Stone, ni los cameos de Rosalía (que le dio un toque humorístico, espero pensar que pretendido) y Natasha Lyonne.

No se puede afirmar que la series finale no sea operativa como desenlace, máxime después de la "evolución" que ha tenido el relato, pues cierra las tramas que necesitaban cerrarse y da una despedida muy bien lograda, aunque trágica, a su protagonista principal, una Rue (Zendaya) a la que los 400 golpes de Antoine Doinel se le quedaron cortos hace ya tiempo y, lamentablemente, sin remedio. Al mismo tiempo, en las antípodas de lo que había sido la serie hasta ahora -o al menos, la que yo creía haber visto- nos muestra una evolución supersónica de Ali (Colman Domingo), de mentor y voz de la experiencia a mesías vengador, de lo "místico" a lo tarantiniano, para luego volver a empezar desde el primer punto, una vez cumplida su misión. La verdad, no me lo esperaba como "invitado" estrella del colofón final de Euphoria.

Una reflexión final amarga: lo que pudo haber sido

El visionado del episodio final me dejó tan a cuadros que tuve que comentarlo en cuanto pude con mi compañero y amigo Iago Hermida, que me ofreció una reflexión interesante a la que no había llegado. A raíz de la presencia premonitoria de Coca-Colas en el capítulo, al estilo de las naranjas en El Padrino (salvando muchísimo las distancias, por favor), trazó un paralelismo con el final -ya hace más de diez años, tempus fugit- de una de las mejores series de la historia, pero que poco o nada tienen que ver con esta: Mad men. En el caso de Euphoria, su visión final del "sueño americano", a modo de redención definitiva, se apropia de esa visión romantizada de la Norteamérica rural, profundamente religiosa, como el momento final de la joya de AMC se apropiaba, en la línea del producto anunciad (sí, Coca-Cola) de la contracultura de aquellos años, que retrataba aquella con una intención profundamente desmitificadora y antinostálgica.

Sin embargo, aunque me parece un apunte más que interesante, no consigo verlo como un aliciente positivo, sino como la puntilla final a la pérdida completa del norte por parte de Sam Levinson. En ese quién da más por contarnos alejar al relato de la esencia que lo hizo único y no una serie de adolescentes del montón, el creador se une con todo al carro de esa neorreligiosidad tan superficial e impostada que prolifera en los últimos años. Se convierte así en uno de tantos "mercenarios de la coyuntura", que han encontrado en esta nueva ola de supuesta espiritualidad su nueva moda, su nueva tribu.

Euphoria saltó el tiburón para siempre con el momento I need a hero (episodio 2x07), su cima en todos los aspectos, máxime viendo lo que vino después. A partir de ahí, la indefinición primero y el completo descarrilamiento después la convirtieron en otra cosa y uno no puede evitar preguntarse si todo debió terminar con la segunda temporada, que dejaba un final lo suficientemente abierto como para tener margen de continuar, pero no tanto como para haberlo dejado ahí sin una sensación de coitus interruptus, sobre todo si lo que iba a venir después, tras tantos años de espera, era esto.

Dije por aquel entonces que la serie se consolidaba y ya no podía verse como flor de un día, pero esa flor se marchitó justo cuando tenía que haber llegado al culmen de su belleza. En definitiva, una serie que tenía los mimbres para entrar en el Olimpo de la ficción televisiva ha descarrilado en su escalera hacia el cielo y se ha quedado muy a medias de todo. Sam Levinson tiene un gran talento pero quizás debería buscar a alguien que lo frene y le diga que no a algunas de sus ideas de vez en cuando.

Ficha técnica

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