En cambio, todo ese microuniverso intimista se tambalea seriamente en el último tercio del film (con un giro que nos recordará inmediatamente a La gran familia), dándole así mucha más vida e interés al epílogo, que, a falta de un clímax marcado, cierra el círculo del mejor modo posible, con la repetición del giro inicial pero en circunstancias totalmente diferentes, en todos los aspectos.
Sensacional Jeff Bridges, que parece estar cómodo en la normalmente incómoda naturalidad del entrañable Bad Blake, al que le da tiempo, entre resaca y resaca, a pedirle una última oportunidad a la vida. Y no hablo de los conciertos, salvoconducto financiero más que devoción, sino a la genial Maggie Gyllenhaal, que sale airosa con nota al darle la réplica a este viejo lobo del country, con el que comparte más fantasmas interiores de los que creemos al principio, pero con mucho más chance, tiempo y motivos para enderezarse y buscar una felicidad más constante.
Uno aprende del otro y viceversa, sin excepción, y a ambos les sirve como lección de vida, a uno para curarse de sus cíclicos problemas y hacer las paces con el pasado, y a otro para buscar una deseada pero escurridiza estabilidad que le permita afrontar el futuro con esperanza. Tenemos eso mismo, pero a pequeñas escala, en el personaje de Tommy Sweet (un cada vez más sorprendente Colin Farrell, en plena progresión), alumno aventajado que supera al maestro, y a pesar del inevitable rencor (característica diferencial del duelo entre lo viejo y lo nuevo en la música), le devuelve de alguna manera el favor, cuando éste más lo necesita.
La guinda del film la pone ese aroma sureño que impregna todos y cada uno de los fotogramas: la cotidianidad resacosa, el bochorno permanente, el country más puro en pequeños bares provincianos o en grandes espacios de concierto al aire libre, la vieja Silverado que recorre esas interminables carreteras desiertas, y un largo etcétera.
Lo dicho, que todas las películas sobre músicos sean como ésta. Se agradece.