MY OWN PRIVATE GHIBLI | EnClave de Cine

MY OWN PRIVATE GHIBLI

Esta tarde el Studio Ghibli recibirá el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. 40 años después de su primerísima película, El castillo en el cielo, el estudio de animación japonés, con su cofundador Hayao Miyazaki como cabeza más visible por antonomasia, recibe la citada distinción "por sus historias llenas de sensibilidad, fantasía y mensajes ecológicos", una influencia que "ha trascendido generaciones y fronteras, creando un puente cultural que une a personas de diferentes orígenes y transmitiendo valores atemporales como la amistad, la empatía y el respeto", la exploración de temáticas como "el amor por la naturaleza, la tolerancia y el respeto por los seres humanos, especialmente por los ancianos", y en definitiva, por encontrar "belleza en lo cotidiano", convertir "los momentos de calma y contemplación una pieza fundamental de sus historias" y, en particular, "la fuerza y la determinación de sus protagonistas femeninas, destacadas por su valentía, complejidad y capacidad de transformación".

Todo lo anterior en palabras de la fundación detrás de estos prestigiosos premios, instaurados en 1981, que, ya sea en esta categoría o, principalmente, en la de Artes, han reconocido a figuras tan capitales del cine, español e internacional, como los cineastas Luis García Berlanga, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Michael Haneke, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Marjane Satrapi, el actor y director Fernando Fernán Gómez, los compositores Ennio Morricone y John Williams (ex aequo) y la actriz Meryl Streep.

Por lo tanto, no hay nada que podamos decir nosotros que no se haya dicho ya sobre la casa de la que han salido obras maestras del cine de animación como La tumba de las luciérnagas, Mi vecino Totoro, Porco Rosso, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, El castillo ambulante, La tortuga roja (en coproducción con varios estudios franceses) o la más reciente El chico y la garza, entre muchas otras. Así pues, nos ceñiremos a lo que inevitablemente mejor sabemos hacer: expresar lo que ha supuesto para nosotros el cine del Studio Ghibli desde una óptica estrictamente íntima y personal.

Descubre como niño lo que no tienes valentía a discernir como hombre (Julio C. Piñeiro)

No por tópico es menos cierto que las experiencias audiovisuales más puras son las única o primordialmente sensoriales, y en eso el cine de Miyazaki, y del Studio Ghibli por extensión, ha ido sentando una cátedra tras otra en las últimas cuatro décadas. Antes de nada, he de partir de la honestidad de que siempre me he considerado culturalmente muy occidental, quizás demasiado, con lo cual mis descubrimientos de otras maneras de ver el arte y la vida fueron llegando algo más a cuentagotas de lo que me hubiese gustado, un error de esos que no volvería a cometer si alguna vez tengo la remota oportunidad de viajar al pasado y volver a revivir lo ya vivido, como si estuviese en un mundo onírico de esos que tan bien ha creado el Maestro Hayao Miyazaki.

Pese a mi reconocido etnocentrismo estético y narrativo, el universo Ghibli me fue conquistando sin rubor alguno en cuanto lo dejé entrar en mi retina y en mis tímpanos. Bien es cierto que mi primera incursión en la producción del estudio fue La tumba de las luciérnagas -que firmó Isao Takahata, el otro cofundador del estudio, fallecido e 2018-, la más aparente y evidentemente adulta de las propuestas de su primera plana, que muestra los horrores más profundos de la guerra con una crudeza y una brutalidad como pocas películas bélicas de acción real han conseguido.

Pero la verdadera esencia de Ghibli estaba aún por descubrir. Esa misma que, bajo la apariencia y el tono de un relato para un público infantil, apela a nuestra esencia más pura, de niños, para extraernos profundas reflexiones como adultos, con el uso de las herramientas racionales que el aprendizaje nos ha ido proporcionando. El viaje de Chihiro, maravilla visual aparte, llega a un nivel de introspección y de capas de significado que ni la versión más reflexiva de Alicia en el país de las maravillas alcanzaría. Aunque quizás la que mejor representa este paradigma es la aparentemente menos ambiciosa pero igualmente magistral Mi vecino Totoro, una de las mejores fábulas sobre la vida rural, en comunidad y en comunión con la naturaleza que ha firmado jamás el Séptimo Arte, para ver con los pequeños de la casa y una experiencia a dos velocidades (en el plano racional y reflexivo), pero igualmente estimulante y enriquecedora para ellos que para nosotros.

Cuatro décadas surcando los cielos (Iago Hermida)

No tengo que hacer ningún esfuerzo para recordar la primera película que vi del Studio Ghibli. Creo que era 1998, tendría yo unos trece años, y Canal + estaba en su apogeo de vender una imagen de televisión adulta y sofisticada. En ese contexto, programaron un ciclo de "animación adulta" con películas japonesas, lo que entonces todavía era relativamente exótico en televisión. Y gracias a ese ciclo, vi dos películas fundamentales en mi historia personal con el cine, que sigo considerando obras maestras. Una es Ghost in the shell (1995), de Production I.G, -otro estudio fundamental en la industria, que en 2004 colaboraría con Ghibli para lanzar una secuela en los cines-. La otra es Mi vecino Totoro, de Hayao Miyazaki.

Es complicado explicar la profunda fascinación que me produjo esa obra de Miyazaki. La genial factura de animación, la música, la agridulce historia, y, grabadas en el recuerdo, las eternas sonrisas de Totoro y el Gatobús, inquietantes y encantadoras a partes iguales.

Con el tiempo iría viendo más cine del estudio, rescataría clásicos como La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata, y encontraría otros favoritos personales como La princesa Mononoke, también de Miyazaki. Porco Rosso, Nausicaä, Chihiro, la Princesa Kaguya… no me cabe duda de que sus historias pervivirán en la memoria colectiva, y particular, de generaciones de espectadores.

Hayao Miyazaki es famosamente conocido por su visión pesimista sobre la humanidad y su futuro. El mejor argumento para rebatir esa visión es la existencia de su obra, y el nivel de excelencia artística que el estudio ha sabido mantener a lo largo de décadas, situándolos en la cumbre de la historia del cine -sin entrar en géneros-. Sus relatos, a veces sencillos, a veces espectáculos fastuosos, son precisas meditaciones sobre la relación entre los seres vivos, el sufrimiento y la belleza que experimentan, inherentes a la vida.

El tiempo dirá si las nuevas voces dentro de Ghibli sabrán recoger el testigo y mantener a flote el barco, en un contexto cultural tan complejo como el actual para la subsistencia del cine, sobre todo de un cine que merezca ser visto. Felicidades por el premio y gracias por ese legado de inmensas películas.

Bien Hayao (Alex Merino)

Totoro. Mononoke. Chihiro. Nausicaä. Ponyo. No son solo palabras, son nombres cuya sola mención es capaz de transportarnos a un mundo que se incubó en la mente de un muchacho de Tokio que crecería para convertirse en uno de los más originales e influyentes artistas de todos los tiempos. Un mundo que quizás alguien no conozca aún, que ni siquiera sospecha que lo necesita, pero al que, quienes lo amamos, retornamos con frecuencia por el solo placer de habitar sus paisajes, pasear entre sus habitantes y perdernos en su propio tempo, tan alejado de nuestra voraz realidad.

Aquel muchacho de Tokio no solo ha alcanzó con creces el objetivo de todo artista (crear algo propio, que lo defina y justifique ante el mundo), sino que buscó incansablemente durante toda su vida formas de expandir su propio genio, su creatividad sin ataduras. Siempre fiel a su visión pero nunca conformista con ella. Y cuando parecía que El viento se levanta iba a ser su muy notable carta de despedida, diez años después sorprendió al mundo entero con El chico y la garza. Esta última obra, que estrenó con ¡82 años!, es una fuente inagotable de ideas visuales y narrativas, un derroche de brío propio de un joven que se prepara para comerse el mundo.

Cuando se elaboran esas absurdas listas con los mejores directores de la historia del cine, rara vez se cita su nombre. Porque lo suyo es la animación, quizás, un medio denostado. O porque sus películas son erróneamente asociadas a un público infantil. Pero la próxima vez que vayan a hacer una de esas listitas, hagan el favor, no olviden su nombre. Y sitúenlo bien arriba. ¡Qué demonios, sitúenlo en primera posición! ¿Y por qué no? ¡Si hasta puede presumir de haber hecho la mejor adaptación de Sherlock Holmes! Denle al mejor lo que el mejor se merece. Denle a Hayao Miyazaki, al menos, las gracias.

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