EL ARCA SIN NOÉ - FLOW, de Gints Zilbalodis
FLOW: UN MUNDO QUE SALVAR - Straume (2024) de Gints Zilbalodis
Lo más bonito del cine (y de las industrias creativas, por extensión) es que, aún cuando todo parece estar más que inventado, visto y mascado, nos siguen llegando de vez en cuando sorpresas, milagros que nos llevan a no perder jamás la fe en esto. En pleno 2025, con un hegemonía cada vez más imperial(ista) de los grandes conglomerados de la comunicación y el entretenimiento, por un lado, y los desafíos de la inteligencia artificial y demás avances tecnológicos, por el otro, nos llega desde Letonia (en coproducción con Francia y Bélgica) una película de animación realizada íntegramente en una herramienta de software libre (Bender) y sin una sola línea de diálogo, y se cuela no sólo en Cannes -donde se podría esperar algo más de manga ancha- sino en plena temporada de premios.
Por el momento, se ha llevado ya el Globo de Oro y el premio de la Academia de Cine Europea en la categoría de animación, es candidata al César en dicho departamento, opta al Goya a la Mejor Película Europea y estará presente, por partida doble, en los Oscar, en el apartado de animación pero también en el de Mejor Película Internacional. Se convierte así en la tercera película de animación presente en dicha categoría, tras Vals con Bashir y Flee. Ahí es nada.
Y el milagro sigue al ver el buen recorrido comercial que está teniendo a nivel internacional una producción que, por mucho que apele a un público infantil y familiar, no contiene diálogo alguno, algo que, a este nivel, se le ha "perdonado" al gigante Pixar -con WALL·E- y poco más. Pero es que no sólo no le hace falta el lenguaje verbal, sino que, además, este no tendría sentido ninguno con el tono y el espíritu de la propuesta. Flow se desmarca de todas las convenciones del antropomorfismo canónico del género para que este relato de supervivencia extrema lo narren precisamente los movimientos, las miradas y los sonidos. La palabra no conseguiría generar una fascinación y una experiencia sensorial de este calado ni remotamente similares. No parece casual que el equipo detrás de esta maravilla haya citado nada menos que a Jacques Tati como su inspiración.
En el plano estético, las herramientas y técnicas utilizadas producen una textura única, que combina un acabado hiperrealista de los entornos naturales que recrea -majestuosos aún en un contexto de catástrofe- con una apariencia tirando a naïf de sus personajes, todos ellos entes del mundo animal. Un trabajo de cinco años y medio que ha dado sus frutos de la mejor manera posible.
Es precisamente con estos mimbres visuales y narrativos como mejor cala el mensaje central del relato, que no por universal y sobradamente conocido deja de ser ya no sólo eficaz, sino incluso potente y esperanzador. Ante el desafío de la supervivencia surge esa dicotomía entre el espíritu competitivo y el cooperativo, ambos tan característicos del mundo animal, pero se acaba imponiendo este último. Y así, cual reverso no festivo de los músicos de Bremen, se forma un grupo animal muy particular (un gato común, un pájaro peregrino, una capibara, un labrador, un lémur y una ballena) que, con todas sus diferencias y carencias, acaban entregando sus propias virtudes y habilidades al bien común, al objetivo conjunto de salir adelante.
Ni se os ocurra iros con los créditos: al final de estos os espera un epílogo que, en apenas unos segundos, sintetiza todas las virtudes de este milagro de película.

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