FILM DÉGUEULASSE - NOUVELLE VAGUE, de Richard Linklater
NOUVELLE VAGUE (2025) de Richard Linklater
Pocos cineastas han demostrado un manejo tan maestro de la narración en "tiempo real" como Richard Linklater, tanto en "monografías" (Boyhood) como a lo largo de varias entregas (trilogía Antes de…). Y las coincidencias del destino, esas mismas que hace ya tres décadas juntaron a Céline y Jesse en el vagón de tren con parada en Viena, han hecho que en apenas mes y medio, con un cambio de año de por medio, hayamos tenido dos estrenos muy seguidos del cineasta tejano, dos particulares y muy distintos ejercicios de mitomanía, cada uno a su manera: uno sobre la edad de oro de los musicales de Broadway (Blue moon) y este que nos ocupa, primera producción de Linklater fuera de Estados Unidos y su primer trabajo en un idioma distinto del inglés.
Pensándolo mejor, no creo que la mitomanía sea precisamente lo que mejor pueda definir a Nouvelle Vague. A propósito de la muerte de Godard, hace poco más de tres años, otros compañeros y yo describíamos al franco-suizo como "probablemente el cineasta más revolucionario que jamás haya existido”, aquel que "ha empujado los límites de la experimentación en la realización" y cuyos personajes "dinamitaron todo tipo de fronteras preexistentes entre el lenguaje y sus consumidores" y que, en definitiva, entendió que "las fronteras del medio están para desafiarlas". Efectivamente, la nueva ola del cine francés, surgida de la redacción de Cahiers du Cinéma, y en particular JLG, su alumno más radical, no buscaban sustituir mitos, sino derribarlos. Su espíritu se hallaba exactamente en las antípodas del entendimiento del medio cinematográfico como un espacio de generación de mitos.
Y todo esto Linklater lo ha entendido a la perfección y, así, nos ofrece una película de cine dentro del cine, de las que pocas hay, que no se limita al tributo a una época, a una tendencia y un movimiento, ni a invitar a un test cultural a la cinefilia en general -y a la más afrancesada en particular- ni a deleitarla en el plano estético, en eso que ahora se ha dado en llamar como fan service. No, esto es más bien todo lo contrario.
Esta película nos retrata el proceso de concepción, producción, rodaje y montaje de Al final de la escapada como punto álgido de la explosión de la Nouvelle Vague. Un ejercicio en el que el director estadounidense abraza todos los recursos expresivos que tiene a su disposición para mimetizar su narrativa con todo lo que supuso ese movimiento renovador y revolucionario del cine y, en concreto, de la obra de Godard, que llevó hasta sus últimos días la etiqueta de enfant terrible -pero de verdad, no como etiqueta autoasignada por retrógrados y reaccionarios con aires de rebeldes, pero que no llegan ni a canallitas-.
Este retrato de todo lo que supuso Godard y Al final de la escapada, como colmo y quintaesencia del rupturismo absoluto de la Nouvelle Vague, se expresa desde tres principales vectores: el caótico egocentrismo del cineasta y su excentricidad; la desesperación del productor, Georges de Beauregard, por sacar el proyecto adelante sin arruinarse, y la exasperación de Jean Seberg, estrella en ciernes que no termina de saber dónde de había emitido, por la incomprensible heterodoxia de los métodos (y las pájaras) de Godard. Al fin y al cabo, ¿qué se podría esperar sino de alguien que acaba asumiendo con orgullo y hasta reivindicando el calificativo, cuyas intenciones originales eran inequívocamente peyorativas, de dégueulasse -en el sentido de asqueroso, repugnante, despreciable, chapucero-?
Linklater construye muy bien esos tres vectores a través de un aspecto de la creación fílmica en el que siempre ha demostrado una gran mano: la dirección de actores. Incluso trabajando en un idioma que no es el suyo, logra que esté inspiradísimo el trío protagonista, compuesto por Zoey Deutch (Seberg) y los noveles Guillaume Marbeck (Godard) y Aubry Dullin, reencarnación viva de Jean-Paul Belmondo. Porque sí, como buen hijo aventajado de Sundance que es, el cineasta tejano ha sacado petróleo de actores desconocidos. Como precisamente hicieron en su día los propios Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol y compañía con sus Belmondo, Léaud, Anna Karina y demás actores y actrices fetiche.
Por todo esto, no se puede más que aplaudir el buen momento de forma de Linklater, que acaba de estrenar dos películas más que solventes en un mismo año y una, insisto nuevamente, en un idioma que no es el suyo. Pero sobre todo, porque con esta demuestra que se puede rendir tributo a un cineasta y un movimiento sin quedarse en la superficialidad de la nostalgia, el pastiche estético y el peloteo y complicidad con la cinefilia más atenta. Este ejercicio, en cambio, está más próximo a la reflexión historiográfica sobre un movimiento que lo cambió todo -y cuya influencia cruzó el charco en los años posteriores-, sobre todo la manera de entender el cine, en todos los aspectos posibles.



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