IN MEMORIAM DAVID LYNCH (II): ENSAYOS SOBRE UN CINEASTA HIPNÓTICO

IN MEMORIAM DAVID LYNCH (II): ENSAYOS SOBRE UN CINEASTA HIPNÓTICO

(I: artista y místico del cine)
(III: en el corazón de la rosquilla)

Ensayo Nº. 1

Elevando la extrañeza y lo grotesco de sus criaturas a la enésima potencia, el cineasta y artista plástico David Lynch se mostró -desde los tempranos estadios de su carrera- como un director hábil para abordar oscuros mundos de sueño y pesadillesca irrealidad, alejado del prototipo de psicologismo realista abordado por Alfred Hitchcock, en películas notablemente influenciadas de la teoría freudiana, como Recuerda (Spellbound, 1945) y Vértigo (1958). La ópera prima de Lynch, Cabeza borradora (Eraserhead, 1977), resulta un fiel ejemplo de tal búsqueda estética: la narración se maneja en dos planos, la vigilia y la correlatividad de los sueños.

Bajo tal verosímil, el director nativo de Montana trabajó un arquetipo que abordaría en su filmografía posterior. Lo metafórico y los dobleces encarnan la simetría del horror según el realizador de El camino de los sueños (Mulholland Drive, 2001), manual sobre la indagación inconsciente, en donde los límites entre lo onírico y la realidad parecieran no ser tan simples de discernir, ante nuestra absoluta perplejidad. Al intentar plasmar sus primeras ideas al celuloide, resultan evidentes las tempranas influencias de Lynch (formado en la Escuela de Bellas Artes de Boston): René Magritte, Edward Hopper, Arnold Böcklin y Francis Bacon se presentan como el surrealismo en su máxima expresión.

Como el reverso perfecto del psicologismo existencial de Ingmar Bergman en Fresas salvajes (1956), las películas de Lynch suelen narran un viaje físico, que también se resignifica como viajes interiores, de revelador descubrimiento (Terciopelo azul, Corazón salvaje, Carretera perdida). En la matriz de este tentador juego simbólico, en donde el sentido está implícito, la referencia a lo mitológico enriquece posibles interpretaciones. En tal perspectiva, su obra conforma una enorme trama onírica, especie de relato estallado y fragmentado, en donde cada espectador completará su personal sentido bajo la propia noción de realidad. Para Lynch, un eterno transgresor que nos maravillara con la perturbadora Twin Peaks, la idea de sueño y vigilia no era más que un dispositivo del relato que tergiversa, a gusto y placer, un verosímil imposible.

El cine es el arte de hacer visible aquello que no se ve, faceta que el autor de Inland Empire (2006) desempeñó como un consumado maestro. Su abordaje corre el riesgo de convertirse, también, en el arte cotidiano del mejor prestidigitador: hacer realidad lo imposible.

Extraído de 100 directores de cine: estudio crítico del lenguaje 

Ensayo Nº. 2

Apasionado por las artes plásticas, el mundo de la animación, la música y la meditación, David Lynch fue un artista inquieto y versátil. La filmografía de este autor nos adentra en historias de misterio y de ensoñación, internándonos en realidades paralelas que se revelan, casi siempre, alrededor de una misteriosa mujer.

Lynch cultivó un universo de material fílmico donde la matriz argumentativa se irá develando lentamente y tendrá a su fiel espectador como cómplice. Sujeto a los recurrentes guiños autorales que hacen un paradigma del sinsentido y en las antípodas de las reglas comerciales, el autor desbordó la máxima surrealista: el inconsciente doblega la narrativa convencional. El secreto es abandonarse a toda esperanza de lógica y sumirse en una fascinante e irritable fábula, tan abstracta e incoherente.

La obra lyncheana penetra interminables caminos de desvarío, llevando al paroxismo las obsesiones de su enfermizo universo. Por ese transitar onírico a través de mundos paralelos se componen las piezas de un rompecabezas que conformarán las más de cuatro décadas de su trayectoria, hipnótica de principio a fin. Un exponente clásico del cine de autor de hoy, desde Cabeza borradora, pasando por Terciopelo azul (Blue velvet, 1985) y llegando a Carretera perdida (Lost highway, 1997), Lynch desplegó en su repertorio un sinnúmero de marcas registradas a la hora de manejar planos, climas, dirección actoral y juegos de cámara que, conjugados, conforman ese tan particular -a veces incomprensible- pero deslumbrante mundo privado del cineasta.

Quien no esté acostumbrado al delirio y al surrealismo que Lynch hace costumbre en sus films, difícilmente podrá sentirse cómodo dentro de sus historias. El autor nos provoca y no se preocupa por atar todos los cabos sueltos de su relato. El impacto dramático pasa más por los estados emocionales de los personajes, a los que trata con suficiente sensibilidad. Sus criaturas son sometidas a su sobrecargado filtro visual, que por la cohesión de tiempo, espacio y narración conforman un verosímil alucinatorio.

Fascinante, cautivador y magistral, el confuso y atormentado mundo de Lynch alcanzó su obra culmen en Twin Peaks (1990-1991, 2017). El siempre delirante autor nos alucinó y deleitó con una de sus creaciones más brillantes e hipnóticas, un material de lo más sugerente y esotérico. Icono de la cultura popular, es una de las series más influyentes de todos los tiempos y que cambió para siempre el modo de narrar una historia en televisión.

Lejos de agotarse en sus recursos, Lynch nos sorprendió una vez más con virtudes que lo convirtieron en un abanderado de la revolución del cine post-moderno. El autor nos provocó desde la génesis de su cine, indecorosa invitación a despabilar los sentidos.

Extraído de The End, una antología cinematográfica: grandes autores del cine mundial

2 comentarios en «IN MEMORIAM DAVID LYNCH (II): ENSAYOS SOBRE UN CINEASTA HIPNÓTICO»

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