IN MEMORIAM DAVID LYNCH (III): EN EL CORAZÓN DE LA ROSQUILLA

IN MEMORIAM DAVID LYNCH (III): EN EL CORAZÓN DE LA ROSQUILLA

(I: artista y místico del cine)
(II: ensayos sobre un cineasta hipnótico)

Arreglad vuestros corazones o morid (Alex Merino)

Lo lynchiano se ha asociado a lo indescifrable, lo surrealista, a los rompecabezas de imposible solución. Cualquier obra que escapa de las convenciones narrativas es inmediatamente despachada con el adjetivo de marras: lynchiano. Lo que a menudo se pasa por alto es que el genio de Montana fue, ante todo, un apasionado humanista. Sus películas nos hablaban del amor y la violencia, del dolor y la redención, del bien y el mal. ¿Y qué si el envoltorio era extraño, si inventaba otros mundos para hablarnos de éste, el nuestro?

Hace poco oí al escritor Juan Gabriel Vásquez decir que los personajes de una obra artística nos resultan más conocidos que la gente de nuestro círculo cercano porque el arte traspasa la opacidad de lo físico y alcanza el alma. Doy fe. No me hace falta haber estado 25 años atrapado en los salones de una logia de cortinas rojas para entender y conocer al agente Cooper. Tampoco necesito haber visitado el Club Silencio para comprender que todo arte es una ilusión, ni haberme embarcado en un road trip junto a Sailor y Lula para saber que el mundo es salvaje en su corazón y extraño en la superficie.

Es posible que en el cine de David Lynch no entendieras lo que estaba sucediendo, pero siempre sabías de qué estaba hablando. Y ese es un talento único en un mundo donde las películas son, por lo general, fáciles de entender pero a menudo confusas en su mensaje. Esa es, quizás, la esencia de lo lynchiano: el retrato certero a través de la abstracción. Comprender que en el centro de la existencia humana está la pregunta, no la respuesta. Y el amor. Sí, el amor. Ese amor que siempre ocupaba el centro de sus obras y se elevaba como héroe y salvador en un mundo hostil. No es tan difícil de entender, en realidad, él mismo lo dijo: arreglad vuestros corazones o morid.

Devorad la rosquilla y disfrutadla con todos vuestros sentidos (Julio C. Piñeiro)

"Mantén tu vista en la rosquilla, no en el agujero", rezaba el comunicado en la página de Facebook de David Lynch con el que se anunciaba su fallecimiento. Esa curiosa sentencia, cosecha propia del cineasta, opera como la perfecta metáfora de ese paso necesario para empezar a disfrutar su obra: renunciar a la búsqueda continua de la lógica más literal y entregarse al poder del subconsciente y de los sentidos. Como el propio cineasta afirmaba en una conferencia académica, "La vida está llena de abstracciones y la manera en la que la desciframos es a través de la intuición".

Ya sin entrar en valoraciones de su obra, el análisis de su figura nos lleva inevitablemente a considerarlo, cuando menos, un tipo curioso, un hombre renacentista y a la vez espartano. Renacentista, porque, pese a que la faceta audiovisual ha trascendido mucho más que todas las otras, ha sido un verdadero artista multidisciplinar: se formó en artes plásticas y cultivó desde la pintura y la música hasta la cocina y, ya en sus últimos años, a través de su canal de YouTube, incluso el análisis meteorológico (y de vez en cuando el cine, también). Y espartano, también, pues más allá de su dedicación artística, no llevó una vida especialmente entregada a los lujos y consagró mucho de su tiempo a la meditación, hasta el punto de crear una fundación dedicada a promoverla. Sólo de alguien así se puede esperar ese nivel de obsesión por el detalle y la creación de atmósferas, ese que lo llevó a colocar unas pelusas debajo de un radiador que apenas se iba a ver en pantalla en el rodaje de Terciopelo azul. O que se atreviese a encarnar al mismísimo John Ford a las órdenes de Spielberg en Los Fabelman (vaya última aparición en la gran pantalla que le ha quedado).

Personalmente, soy de esos lynchianos "heterodoxos" que elige siempre El hombre elefante y Una historia verdadera como sus mejores películas, pero tampoco voy a negar lo estimulante que fue entrar a todo ese otro cine en el que dio más rienda suelta a su estilo. Como el obsesivo de las discontinuidades narrativas en el audiovisual que siempre he sido, no podía dejar de entrar una y otra vez en esos laberintos para intentar analizarlos, extraer sus claves y captar todo lo que nos sugería su intensa carga simbólica. Y qué decir de esa experiencia "de otro mundo", resultado de Lynch siendo Lynch hasta las últimas consecuencias, que fue la última temporada de Twin Peaks, que consiguió sublimar el tiempo y el espacio como probablemente nadie haya hecho nunca.

En conclusión, no es momento de dedicar ni la más mínima atención a los falabaratos, a esos a quienes su autoimpuesta vitola de canallita los desprende de la más básica elegancia para, ni siquiera en un evento así, refrenar su impulso de denostar -de la manera más tópica y simplona posible- la obra de un artista que nos acaba de dejar. Que no os engañen: David Lynch nos deja un legado cultural y simbólico de tal calado que hasta la NASA lo quiso poner en valor con motivo de su muerte. Así que no lo dudéis: coged la rosquilla, olvidaos del agujero, devoradla y disfrutadla con todos vuestros sentidos.

2 comentarios en «IN MEMORIAM DAVID LYNCH (III): EN EL CORAZÓN DE LA ROSQUILLA»

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