CINEUROPA 2025: LA CRÓNICA
CINEUROPA 2025: LA CRÓNICA
No hay noviembre sin frío, sin lluvia, sin días cada vez más cortos y, por lo que a esta humilde web de cine respecta, sin Cineuropa, el "festival de festivales" de referencia en Galicia. El certamen compostelano que se acerca, en plena forma, a su cuarta década de existencia, con varias generaciones de espectadores a sus espalda. Las circunstancias laborales y personales han ceñido mi asistencia a #Cineuropa39 a apenas tres títulos, todos ellos de la Sección Oficial Europea y con desigual resultado, que paso a comentaros.
ELISA (2025) de Leonardo di Costanzo: memento condenado
Recién salida de Venecia nos llega esta producción ítalo-suiza que, en cierto modo, plantea una vuelta de tuerca a ese deseo inconsciente de redención que subyacía bajo la pérdida de memoria del protagonista de Memento. Si en la obra maestra de Christopher Nolan esta lectura, subtextual e implícita, se revelaba en el peculiar desenlace de la película, cuando el espectador descubre la realidad de los hechos que el personaje no puede recordar bien, aquí la amnesia del criminal constituye el núcleo de la premisa misma del relato: una homicida, condenada, que no recuerda absolutamente nada de los crímenes que cometió.
Tras un prólogo con una reveladora exposición sobre la dimensión criminal de la naturaleza humana, un criminólogo inicia una serie de sesiones con la rea para intentar destapar sus recuerdos, conocer sus verdaderas motivaciones y descubrir hasta qué punto esa amnesia es real o impostada. Barbara Ronchi y Roschdy Zem nos regala un intenso tour de force interpretativo que expone una interesante reflexión sobre la crueldad más pura y descarnada y los mecanismos de la mente humana para justificarse o, en cierto modo, redimirse. Su ritmo es quizás algo moroso en sus primeros compases, pero se intensifica lo suficiente en su tercer acto como para dejar un buen sabor de boca final.
EL MAGO DEL KREMLIN - Le mage du Kremlin (2025) de Olivier Assayas: la democracia real es de parguelas
No ha existido en toda la historia sátrapa que no haya contado con su inteligente y calculador consigliere: los Médici tuvieron a su Maquiavelo, Luis XIII de Francia a su cardenal Richelieu, el zar Nicolás II a su Rasputín… y el "neozar" Putin no iba a ser menos y también tuvo a su Vadim Baranov. Una figura ficticia pero fuertemente inspirada en Vladislav Surkov, mano derecha del mandatario ruso desde sus inicios y hasta muy recientemente y gran promotor de la "democracia soberana", eufemismo de primerísimo orden para referirse al progresivo "todo vale" con el que el ex director de la KGB se ha venido enraizando en el poder.
Este juego de historia-"ficción", con tintes y pinceladas de sátira, repasa los tumultuosos años de Rusia postsoviética y cómo la llegada de Putin al Kremlin cambió el juego -contra todo y contra todos- y llevó la realpolitik a otro nivel, que a la ética biempensante del norteamericano o europeo occidental medio (en términos del eje democracia-dictadura) le costaría mucho digerir. Desde la eliminación sistemática de la oposición, por vía directa o indirecta, y la fagocitación de cualquier posible foco de disidencia y rebeldía, hasta la intoxicación ideológica de todo orden vía Internet para dividir y desestabilizar a los rivales geopolíticos, con el conflicto de Ucrania como colofón. Sí, Maquiavelo, Richelieu y Rasputín estarían muy orgullosos.
Assayas firma el guión junto a Emmanuel Carrère (En un muelle de Normandía) y comanda un inspirado reparto encabezado por Paul Dano y Jude Law (increíblemente creíble como Putin) y con Jeffrey Wright y Alicia Vikander como "escuderos" de lujo. Que vuestro posible impulso por leerla como "rusofobia" y propaganda contra el Kremlin no os quite de disfrutar estas dos horas y media que en ningún momento se hacen pesada. Además, ¡ni que la existencia de una enfermedad implique que otra enfermedad distinta sea buena!
SOUND OF FALLING - In die Schone schauen (2025) de Mascha Schilinski: fantasmas y traumas a través del tiempo
Llegué con mucho interés a esto después de que Luis López Carrasco, director de El año del descubrimiento, la valorase en sus redes sociales como lo mejor del año hasta la fecha (por si el Premio del Jurado de Cannes no fuese ya un reclamo suficiente). A veces las expectativas elevadas pueden ser la peor compañera de viaje a una sala de cine y este caso ha sido uno de ellos. Prometo por lo que más quiero que llegué al Teatro Principal con la predisposición de dejarme llevar por los sentidos, más allá de la "literalidad" de la trama, y de primeras sí me estaba pareciendo muy sugerente la propuesta, en el plano visual y, sobre todo, el sonoro -algo que, por cierto, refuerza la necesidad de reivindicar el silencio sepulcral en las salas de cine en general y respecto a este tipo de películas en particular-. Pero no fue suficiente.
"Amortizada" la sugestividad del planteamiento, de los juegos sonoros y de luces y de las miradas de sus protagonistas, el metraje se hace cada vez más cuesta arriba, y hablamos de dos horas y media de duración... Este tratado sobre la relación con la muerte, el trauma, la angustia y la pesadumbre a través de cuatro generaciones de mujeres jóvenes, separadas en el tiempo pero concentradas en el mismo lugar, no es capaz de compensar su inconexión y su ausencia de un hilo conductor más fuerte que la mera conexión temática con los suficientes contrapesos como para mantener la atención y el interés del espectador, al menos en mi caso.
Me quedo, como ya he dicho, con su lograda propuesta visual y sonora y la fuerza de la mirada de sus actrices protagonistas, pero es evidente que no entrará, ni de refilón, en mi selección de lo mejor del año.


