SUPERVIVENCIA, FRATERNIDAD Y ÉPICA - ‘LA SOCIEDAD DE LA NIEVE’, de J.A. Bayona

LA SOCIEDAD DE LA NIEVE (2023) de J.A. Bayona

A estas alturas casi todos conocemos ya la gesta, histórica y sobrecogedora, de los 16 jugadores de rugby uruguayos que, en 1972, sobrevivieron 72 días atrapados en lo alto de la cordillera de los Andes. Uno de los mayores hitos de supervivencia humana jamás conocidos. En 2023, 30 años después de ¡Viven!, un cineasta español se atreve a volver a llevar esa impactante historia real a la gran pantalla. Y no sólo sobrevive al reto, sino que lo ha superado, mejorando aquel primer intento.

A ese relato épico sobre la supervivencia humana ante una situación tan extrema, cuyos protagonistas tuvieron que superar límites morales –y estomacales- que jamás habrían concebido, Juan Antonio Bayona, además de darle un gran salto de nivel en lo visual, ensalza el factor cooperativo y fraternal, que resultó fundamental durante aquellos fatídicos días (la elección del título no responde sólo a su buena sonoridad). Tampoco es casual que el prólogo nos muestre problemas de cohesión y falta de espíritu de equipo en el Old Christians Club, tan críticos en un deporte tan asociativo y táctico como el rugby. A medida que los días en la montaña avanzan, las individualidades se van diluyendo y la fuerza del conjunto aparece como única alternativa posible a una muerte lenta y agónica.

En estrecha relación con lo anterior, el tan arriesgado y controvertido recurso a la voz en off de un narrador omnisciente adquiere aquí una dimensión especial, distinta a la habitual, cuando el propio relato nos revela que el "dueño" de esa voz no alcanzó el final del viaje, que nos transmite el relato desde "el otro lado"… y con un tono de enhorabuena y agradecimiento a quienes sí vivieron para contarlo. Así pues, la elección de Numa Turcatti (Enzo Vogrignic) no puede verse más que como un gran acierto de los guionistas.

Por lo que respecta a la dirección, Bayona vuelve a demostrar su gran oficio y, no satisfecho con dejarnos sin aliento con la logradísima escena del accidente, imprime a un metraje de casi dos horas y media un aura creciente de angustia, a través de dos fenómenos aparentemente opuestos, pero en este caso complementarios: por un lado, la claustrofobia en el interior de los restos del avión, sepultado por la nieve, durante los largos días de tormenta, con secuencias dominadas por la oscuridad; y por el otro, la agorafobia que produce un paisaje inmenso, pero que funciona como una gran cárcel para los protagonistas, aislados, incomunicados, sin vía de escape posible. Un paraje majestuoso… en el que consigue transmitirnos sensación de asfixia. Todas las películas ganan en pantalla grande, para la que fueron concebidas y diseñadas, pero algunas particularmente más que otras, y esta es una de ellas.

La otra gran virtud de esta película es la distancia y prudencia con la que narra lo que, a todas luces, supone el gran punto de inflexión de esta historia: el momento en el que los supervivientes deciden recurrir al canibalismo y empiezan a comerse los cuerpos de sus compañeros ya fallecidos para no perecer de inanición. Un desafío ético (y estético) que, argumentalmente, se procesa de manera progresiva, con varias voces reticentes al principio (incluyendo el propio Numa). Pero lo más importante es cómo el cineasta catalán no cede a la tentación de caer en el morbo, el gore y la casquería, alejando la cámara y el encuadre lo suficiente para que se perciba la relevancia emocional de lo que está pasando, pero sin entrar en detalle, más que unos pequeños trozos, apartados, que ni siquiera podríamos asociar a una determinada parte del cuerpo humano. Y aunque, seguramente, esto no responda más que a la conveniencia, o más bien temor, de alejar al "gran público" de la película –y a los académicos y críticos de valorarla, e incluso premiarla-, sigue siendo una elección representativa muy inteligente.

Como colofón a un producto muy redondo, destacaría la música de Michael Giacchino, que tiñe la imagen de incertidumbre, optimismo y épica, según lo que a cada momento necesita el relato; descubrimientos (para el público español, al menos) como Agustín Pardella, Matías Recalt y el citado Vogrincic, y la soberbia labor del equipo de maquillaje, que transmite a cada nuevo plano la progresiva decrepitud y estrago físico de los supervivientes.

La sociedad de la nieve supone la consagración definitiva de J.A. Bayona como un director de primer nivel. Iniciado, como tantos, en el mundo del videoclip (en especial con Camela), se abrió paso como un nuevo talento del cine de terror y, más de una década después de Lo imposible, parece ser que es en el cine de catástrofes y supervivencia donde alcanza su cima particular (nunca mejor dicho) como creador.

Ficha técnica

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