Crítica de A DIFFERENT MAN (2024) de Aaron Schimberg

EL ELEFANTE AL DESNUDO - A DIFFERENT MAN, de Aaron Schimberg

A DIFFERENT MAN (2024) de Aaron Schimberg

Es curioso que, con apenas meses de diferencia, se hayan estrenado dos películas que, cada una a su particular manera, pivotan sobre la misma idea: la obsesión con la imagen y el éxito asociada a esta. Mientras que La sustancia recurría a la ciencia-ficción y finalmente al terror para mostrar las largas sombras de la industria del espectáculo y lo rápido que "jubila" a las mujeres a partir de cierta edad, A different man entra en el terreno de la comedia negra para narrar el ascenso y caída de un aspirante actor con una severa deformidad congénita en su rostro, cuya "cura" no lo lleva al éxito y la felicidad, sino todo lo contrario.

Como podréis haber intuido, el título de esta crítica no es casual, pues esta historia bien podría definirse como un eslabón perdido entre El hombre elefante y Eva al desnudo, aunque a un nivel mucho más modesto en todos los sentidos: la obra de teatro dentro de la película es una humilde producción Off Broadway. Y precisamente de la tensión entre ese relato dentro del relato y la evolución del personaje en cuya versión primigenia se inspiró aquel surge este debate, progresivamente (auto)destructivo y asfixiante, sobre la aceptación de uno mismo y su contraparte, la referida obsesión con la apariencia externa y el triunfo social y relacional asociada a esta.

La atmósfera de su primer tercio nos mete, con un espíritu de comprensión y empatía, en el mundo interior de su personaje principal, interpretado por Sebastian Stan. Posteriormente, entremos en su proceso de evolución (que se va tornando en involución), marcado por su  radical transformación estética -y la consiguiente sustitución total de su propia identidad-. Un proceso que invitaba al optimismo -aún por la vía de la pérdida de la propia esencia-, pero que se trunca con la aparición de Oswald (Adam Pearson), que logra con su verdadera naturaleza, su auténtica "sustancia", lo que aquel no se veía capaz de conseguirlo y por tanto se obsesionó tanto en superar.

Así, se establece un juego de espejos muy interesante entre Edward (en su doble versión: la real y ficcionalizada, reducida en esa nueva fase a una simple máscara) y Oswald, que supone desde su irrupción misma una lección al primero sobre la autoaceptación y la seguridad en uno mismo. A diferencia de la protagonista de La sustancia, en este caso el personaje pasa por el aro de la presión social y la obsesión con la belleza pero no alcanza en ningún momento -ni siquiera en primera instancia- su verdadero objetivo. Pero no porque el "truco" le salga mal, que no es el caso, sino porque es su propio entorno el que evoluciona y asume como lo correcto (aunque demasiado tarde, en su caso) la verdadera esencia de individuos como él.

La película encuentra sus principales virtudes en el guión (con ciertos matices, pues se extiende algo de más en su primer tercio), la caracterización del protagonista (que acaba de recibir una merecida nominación al Oscar en el apartado de maquillaje y peluquería) y en las interpretaciones de Stan (merecedora del Oso de Plata en Berlín y del Globo de Oro), Pearson (actor fetiche del cineasta) y de la noruega Renate Reinsve (la protagonista de La peor persona del mundo, en su debut en habla inglesa). El único pero a nivel estilístico que le pondría sería su banda sonora, excesiva, demasiado presente y con un tono de cine negro clásico que no termina de casar con el tono, el espíritu y la estética de esta propuesta.

Ficha técnica

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