¿A QUIÉN PUEDE MATAR UN NIÑO? - ADOLESCENCIA
ADOLESCENCIA - Adolescence (2025), creada por Jack Thorne y Stephen Graham
"Pues ese chaval parecía majo. Era algo tímido, pero siempre saludaba". Frases como esta son tan habituales en los medios de comunicación cada vez que algún homicidio o asesinato tiñe de negro la tranquila vida de un vecindario o de una pequeña ciudad, tanto, que hasta se han convertido en un meme. Pues precisamente para desmontar ese lugar común -de "aquí nunca había pasado nada", "es inexplicable, todo estaba bien" y demás por el estilo- ha venido esta miniserie británica, que se ha convertido en todo un fenómeno desde su estreno.
Si hay nombre propio que destaca por encima de cualquier otro en Adolescencia es el de Stephen Graham. El de Lancashire lleva siendo un "sospechoso habitual" de la industria audiovisual británica delante de la cámara desde hace más de un cuarto de siglo (lo recordaréis ya desde Snatch: cerdos y diamantes) y ahora vuelve a ponerse a las manos del guión, como hizo ya en la miniserie Boiling point (2023), secuela de la película homónima -a su vez surgida de un cortometraje del mismo nombre-, que él mismo protagonizó apenas dos años antes (titulada Hierve en España). Eso sí, no escribe solo, sino junto a otro veterano como Jack Thorne, curtido en Shameless (la original), Skins y la saga This is England, creador de La materia oscura y guionista de Mi vida ahora, Mejor otro día, Wonder o Enola Holmes, entre otras películas.
En la dirección encontramos a un socio habitual de Graham, el también Philip Barantini -precisamente realizador y coguionista de Boilint point, en todas sus versiones-, que por fin encuentra un reto en el que puede demostrar su atrevimiento y valía. Quedan ya para el recuerdo esos planos-secuencia que constituyen en sí mismos la totalidad de cada episodio, y lo que tiene más mérito: sin necesidad de escenario único, con apenas una excepción. Esa unidad de acción eleva progresivamente la tensión y a la vez potencia la intensidad dramática que un relato de estas características pretende. Son cuatro entregas que empiezan nada menos que con una detención, muy temprana y con un gran despliegue policial, en la casa de una urbanización de clase obrera, en una pequeña ciudad inglesa, y de ahí en continuo in crescendo.
Pero, naturalmente, el virtuosismo visual no basta, por sí solo, para sostener una propuesta de este calibre. Además de un Graham soberbio en su rol de cabeza de familia destrozado, el elenco, en su totalidad, está inspiradísimo de principio a fin: pese la excelencia del guión y la factura visual, el reparto es el mayor pilar de esta serie. Destacaría en particular a Christine Tremarco (madre), Ashley Walters (policía), Erin Doherty (psicóloga) y, sobre todo, el gran descubrimiento de esta serie, Owen Cooper. El joven actor no sólo resulta profundamente creíble en una situación tan trágica como en la que se ve metido su personaje, sino que además consigue que no terminemos de empatizar de todo con este, que no acabemos de creérnoslo del todo, lo que resulta crucial es clave en el tono y la intriga que claramente pretenden construir los creadores de la serie.
Mi amigo y compañero Pedro Mandías me preguntaba hace unos días qué episodio me había gustado más y yo le contesté que no sabía decirle, pues todos me habían impactado (en el buen sentido del término). Aún a día de hoy sigo sin saber responder, porque entre un arranque que deja sin aliento durante una hora, el thriller escolar del segundo episodio, la claustrofobia del tour de force interpretativo entre Cooper y Doherty (en escenario único) y el colofón de la no-catarsis de la familia en el último -culminado por un desgarrador plano final- me es muy difícil decidirme.
La incomprensión, la brecha generacional y la incomunicación entre padres e hijos, la incapacidad del sistema educativo (y de los demás "poderes fácticos" de la sociedad, por extensión) para atender la salud emocional y mental de los niños y adolescentes, el duelo de una familia destrozada o el ardua desafío que es siempre la paternidad son sólo algunos de los ingredientes temáticos que desfilan a lo largo de los cuatro episodios. Pero sin duda, su mayor acierto, y a la vez seña de identidad, es la ausencia de juicios morales claros, ni siquiera de pistas muy evidentes para inducirnos a pensar en una dirección u otra.
Nada queda claro en última instancia sobre qué ha pasado realmente, quién dice la verdad y quién miente y, sobre todo, cómo ha podido ocurrir algo así. Porque… ¿a quién podría matar un niño de 13 años?



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